Crónica de Lorenzo
Se suelen
valorar los prodigios de un deportista ejecutando maravillas con un cuerpo
entrenado y capaz de hacer imposibles, mientras cuesta más deslumbrarse por las
excelencias que puede hacer un artista en su disciplina. En este caso, me quito
el sombrero ante Mia Couto: el despliegue de talento en Tierra Sonámbula es
desbordante: A Tuhair se le nubean los recuerdos, los personajes en este libro no se
mueren, sino que se infinitan, el fuego lucierneguea y
algunos vehemienten, que por supuesto no es cualquier manera de
mentir.
Libro
duro de leer, todos lo hemos mencionado, incluso el traductor nos anticipa el
esfuerzo a realizar, bien lo sabe él, que ha tenido que trabajar con un libro
lleno de africanismos. Mia Couto es africano, aunque su tez blanca nos confunda,
y es, por descontado, un magnífico cronista de su tierra sonámbula. No
comentamos en la tertulia nada sobre el título, aunque concluimos unánimemente
que el texto desborda nostalgia de una época colonial más estable, que no más
prospera. Todo está implícito en el título: Tierra Sonámbula, como
“ballena varada que sofoagoniza donde todos van robando trozos de
carne”.
El
libro juega con dos planos trenzados con gran maestría, la realidad dura de
Muidinga y Tuahir, niño y anciano, inservibles para la guerra, refugiados que
sobreviven entre cadáveres y miseria, evadiéndose de su realidad con los libros
de Kindzu. Muidinga, como el lazarillo de Mozambique, siendo los ojos de Tuahir
en esas lecturas fantásticas, llenas de prodigios, magia y cosas imposibles,
liberadoras de su triste vivir, hasta que, por obra y gracia de Mia Couto, se
cruzan finalmente lo vivido y lo narrado, lo oral y lo escrito, lo real y la
ficción. Los dos planos terminan confluyendo y siendo lo mismo. Porque en
África no se puede diferenciar la vida de los relatos.
En
este libro, el autor, nos despliega todos los personajes de su país: Los
inservibles para la guerra: “mujeres, niños, ancianos y discapacitados sufren
porque no tienen función de matar”. Muidinga, Tuahir y Farida como la mujer
repudiada que pierde a su hijo son los exponentes de esta categoría; el
colonizador Romao Pinto, en forma de fantasma, ¡qué buen personaje para
identificar la metrópoli que fue expulsada, pero que sigue allí presente, en
forma de espíritu que sigue influenciando!; Estevao como el nuevo líder,
ganador del cambio, y que sigue con las prácticas abusivas sobre los dominados;
Assane como el perdedor del cambio; Kindzu como el nuevo africano, que abandona
la tradición de velar a su padre muerto y está intentando encontrar su lugar;
Surendra, el indio que sufre la discriminación y el racismo; Carolinda, como
mujer solidaria que, en contra de Estevao, reparte los víveres en el campo de
refugiados; Quintino como el negro borracho que sigue temeroso de Romao Pinto,
es decir, del pasado,…
Este libro rezuma ambiente
africano, muy lejano de nuestra cultura y muy contrario a nuestro espíritu
racionalista, y posiblemente una de las causas de la pobreza de muchos países y
de la situación particular de las mujeres en el continente: Tenemos al
insidioso espíritu del padre de Kindzu, hay sabios, curanderos, hechiceros,
adivinos, mujeres ahuyentando plagas de langostas hasta que Muidinga las
estorba con su presencia y se gana su merecido. Hay mucha querencia por las
historias, por la oralidad y mucho respeto por los ancianos como fuente de
sabiduría.
El
libro podía haber caído en el tremendismo de la guerra, pero, aunque es una
presencia ineludible, como “un desfile de infinito luto”, no nos deja tocados,
nos permite seguir leyendo. “La guerra existe para autorizar el robo. En la
guerra ninguna riqueza puede nacer del trabajo, solo el saqueo da acceso a la
propiedad. Era necesario que hubiese muerte para que las leyes fueran
olvidadas. Ahora que el desorden era total, todo estaba autorizado.”
Su
realismo al describir la política es brutal y ciertamente demoledor, lleno de
desesperanza: “La gente discursea en las banjas, pero quienes decidimos aquí
somos nosotros”, “Nadie vive de moral o ¿Es qué la coherencia te va a alimentar
en el futuro?”, “La fiesta es la tristeza haciendo el pino”, “Hijo mío no te
metas a cambiar los destinos” o “La población no se comporta civilmente en
presencia del hambre”. Pero, este libro, tiene un equilibrio grandioso a la
hora de dar esperanza y creer en el ser humano: “En el fondo todos deseamos en
nuestro pecho el nudo de otro pecho”, “Quien no tiene amigos es porque viaja
sin equipajes” o mi frase favorita, cuando Surendra, habiendo anunciado a
Kindzu que se marchaba por el racismo sufrido, le dice: “Me gustan los hombres
que no tienen razas. Es por eso que me gustas tú, Kindzu”.
Posiblemente, el libro es como la
vida misma, con sus luces y sus sombras, con lo mejor y lo peor del ser humano.
Por eso, quedémonos con la poesía de Mia Couto: “Mi alma es un río detenido,
ningún viento lunaba la vela de mis sueños”, “solo las olas se sucedían,
en cada ola el mar desnudándose sin llegar nunca a la desnudez”, “Recuerdo la
luna exhibiéndose como medalla en el escote de la noche”, “el dolor es una
ventana donde la muerte nos espía”, “el fuego es un exclusivo dueño, el
exuberante macho”, “Hay dos maneras de partir: una irse, otra enloquecer”.
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