Arsénico, plomo y
belladona
Crónica de Trinidad Andrés
Vanessa
Montfort sabe contar, la lengua no borbotea entre sus manos como ocurre con
muchos grandes de la literatura, pero sus historias siempre te atrapan. En este
libro construye la historia de Giulia Toffana, boticaria siciliana del siglo
XVII, creadora del Aqua Tofana, veneno indetectable y arma secreta de muchas
mujeres que atravesadas por el círculo infernal de la violencia sistémica
contra ellas, tornaron este veneno en elixir de libertad.
La “Virgen
negra” ofrecía en frascos pequeños la justicia que la sociedad no era capaz de
otorgar a las mujeres, seres incompletos o “varones frustrados” según Tomás de
Aquino que seguía la tradición aristotélica que consideraba a la mujer un mero
“receptáculo del devenir”.
Cuando en
1659 Giulia Toffana fue ejecutada en Roma, su agua milagrosa había acabado con
la vida de más de 600 varones y su red de muerte se había mantenido
indetectable, como su veneno, durante 50 años.
Lo
interesante de este libro es que la autora muestra lo poderosas que han
resultado las redes de mujeres a lo largo de la historia, es la trama de
sororidad que la autora teje en torno a esa combinación de arsénico, plomo y
belladona lo que te engancha , ya que Vanessa Montfort hace de cada personaje una red.
De este modo
nos encontramos siguiendo por la calles de Roma a la hija de la Toffana,
Girolama, la astrónoma de la Lungara, mujer que se deja seducir por las estrellas y
el poder y que acaba traicionada y ejecutada junto a su madre.
Acariciamos
los frascos de veneno con las manos de Giovana de Granits, personaje que encarna
a una antigua prostituta víctima de la violencia masculina cuya admiración y
amor incondicional por la protagonista será puesta a prueba en la sala de
tortura.
Y también
nos miramos al espejo del Inquisidor que refleja la ambivalencia de todo poder.
El que será juez y parte porque la justicia que va a impartir condena “a priori
“a las mujeres por el delito de ser mujeres, él que se siente todo poderoso a
ratos, capaz de ordenar fragmentar cuerpos mediante la tortura y que
finalmente, en un ejercicio de transferencia simbólica tan patético como cruel,
culpa de su deseo al objeto que le suscita ese deseo y que en definitiva señala
a las mujeres como enviadas del maligno para perder a los hombres y eso sí,
como sujetos aptos para ir a la horca pero no para gobernarse a sí mismas y
menos para gobernar a otros.
El cuerpo
femenino es finalmente el territorio del mal, mantra repetido una y otra vez
por la religión católica, y que encontramos en diversas formas a través de los
dilemas y el discurso de este personaje, que podía haber resultado menos
complejo, pero al que la autora ha tenido el acierto de darle un lugar muy
relevante al final de la novela.
La familia,
la amistad, la sororidad, la religión y su ambigüedad como origen y refugio a
la vez de la violencia constituyen la trama por la que nos va conduciendo la
narración.
La pregunta
de fondo, sin embargo, queda sin respuesta; en la guerra contra las mujeres que
lleva siglos librándose, ¿qué defensa es legítima si no puede confiarse en la
protección de la ley?
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