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lunes, 6 de abril de 2026

CRÓNICA DE LA TOFFANA

 

                      Arsénico, plomo y belladona

 Crónica de Trinidad Andrés

Vanessa Montfort sabe contar, la lengua no borbotea entre sus manos como ocurre con muchos grandes de la literatura, pero sus historias siempre te atrapan. En este libro construye la historia de Giulia Toffana, boticaria siciliana del siglo XVII, creadora del Aqua Tofana, veneno indetectable y arma secreta de muchas mujeres que atravesadas por el círculo infernal de la violencia sistémica contra ellas, tornaron este veneno en elixir de libertad.

La “Virgen negra” ofrecía en frascos pequeños la justicia que la sociedad no era capaz de otorgar a las mujeres, seres incompletos o “varones frustrados” según Tomás de Aquino que seguía la tradición aristotélica que consideraba a la mujer un mero “receptáculo del devenir”.

Cuando en 1659 Giulia Toffana fue ejecutada en Roma, su agua milagrosa había acabado con la vida de más de 600 varones y su red de muerte se había mantenido indetectable, como su veneno, durante 50 años.

Lo interesante de este libro es que la autora muestra lo poderosas que han resultado las redes de mujeres a lo largo de la historia, es la trama de sororidad que la autora teje en torno a esa combinación de arsénico, plomo y belladona lo que te engancha , ya que Vanessa Montfort  hace de cada personaje una red.

De este modo nos encontramos siguiendo por la calles de Roma a la hija de la Toffana, Girolama, la astrónoma de la Lungara,  mujer que se deja seducir por las estrellas y el poder y que acaba traicionada y ejecutada junto a su madre.

Acariciamos los frascos de veneno con las manos de Giovana de Granits, personaje que encarna a una antigua prostituta víctima de la violencia masculina cuya admiración y amor incondicional por la protagonista será puesta a prueba en la sala de tortura.

Y también nos miramos al espejo del Inquisidor que refleja la ambivalencia de todo poder. El que será juez y parte porque la justicia que va a impartir condena “a priori “a las mujeres por el delito de ser mujeres, él que se siente todo poderoso a ratos, capaz de ordenar fragmentar cuerpos mediante la tortura y que finalmente, en un ejercicio de transferencia simbólica tan patético como cruel, culpa de su deseo al objeto que le suscita ese deseo y que en definitiva señala a las mujeres como enviadas del maligno para perder a los hombres y eso sí, como sujetos aptos para ir a la horca pero no para gobernarse a sí mismas y menos para gobernar a otros.

El cuerpo femenino es finalmente el territorio del mal, mantra repetido una y otra vez por la religión católica, y que encontramos en diversas formas a través de los dilemas y el discurso de este personaje, que podía haber resultado menos complejo, pero al que la autora ha tenido el acierto de darle un lugar muy relevante al final de la novela.

La familia, la amistad, la sororidad, la religión y su ambigüedad como origen y refugio a la vez de la violencia constituyen la trama por la que nos va conduciendo la narración.

La pregunta de fondo, sin embargo, queda sin respuesta; en la guerra contra las mujeres que lleva siglos librándose, ¿qué defensa es legítima si no puede confiarse en la protección de la ley?

 

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